El legado de David Bowie

Hace cuarenta años que escucho a Bowie. La voz lírica, la densidad y la elegancia de los acuerdos y de la composición, la ambigüedad y la ironía de las canciones, las letras. Encontraba atractiva la épica del rock posterior a los mártires épicos (Janis Joplin, Jimi Hendrix, Jim Morrison), sobre todo la de Bowie. El rock se estaba haciendo grande y recurría a la épica del desposeímento inventándose florituras para ir allá de las canciones pautadas del pop y de las agonías de Dylan. Otros lo intentaban y eran neuróticos o paranoicos y bastante, o hacían versiones glamurosas de antiguos vocalistas. Bowie era neurótico, ambiguo, glamuroso, extremo, visual y político. Épico.

Los Sex Pistols, predicadores que hacían el primer concierto el mismo mes y año de la muerte de Franco. No future, nos lo dijeron Johnny Rotten y Syd Vicious, no les hicimos mucho caso. Vi a unos en Londres, no recuerdo qué grupo, en 1977. Punks ensordecedores en el escenario y vestidos y decorados como ovejitas exóticas en la pista y la barra del bar Cavern, criaturas como los uccellini de Pasolini, obligados a ser uccellaci, los pajaritos negros de Pasolini. Casi cuatro décadas más tarde de los punkd, Bowie lanzaba The next day.

En fin, que continúa dándome alegrías. No estoy sola en el paseo de los muertos. No estamos nunca solos, dentro de la piel. Y así va que de momento no tengo ninguna necesidad de ir a Londres, a la expo “David Bowie is”, buen título el que le han dedicado, iría si me encontrara y me compraría alguna tontería en la tienda, como hice cuando el mismo museo dedicó una expo a Vivienne Westwood y el diseño punk, hace ocho años, pura museografia y arqueología del presente que los británicos saben hacer como nadie. Estoy segura que disfrutaría un montón de su legado.

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